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Frases y diálogos del canon holmesiano.

Estudio en escarlata Editar

Watson (narrador): Mi estupefacción llegó sin embargo a su cenit cuando descubrí por casualidad que ignoraba la teoría copernicana y la composición del sistema solar. El que un hombre civilizado desconociese en nuestro siglo XIX que la tierra gira en torno al sol, se me antojó un hecho tan extraordinario que apenas si podía darle crédito.
Holmes: Parece usted sorprendido. Ahora que me ha puesto usted al corriente, haré lo posible por olvidarlo.
Watson: ¡Olvidarlo!
Holmes: Entiéndame, considero que el cerebro de cada cual es como una pequeña pieza vacía que vamos amueblando con elementos de nuestra elección. Un necio echa mano de cuanto encuentra a su paso, de modo que el conocimiento que pudiera serle útil, o no encuentra cabida o, en el mejor de los casos, se halla tan revuelto con las demás cosas que resulta difícil dar con él. El operario hábil selecciona con sumo cuidado el contenido de ese vano disponible que es su cabeza. Sólo de herramientas útiles se compondrá su arsenal, pero éstas serán abundantes y estarán en perfecto estado. Constituye un grave error el suponer que las paredes de la pequeña habitación son elásticas o capaces de dilatarse indefinidamente. A partir de cierto punto, cada nuevo dato añadido desplaza necesariamente a otro que ya poseíamos. Resulta por tanto de inestimable importancia vigilar que los hechos inútiles no arrebaten espacio a los útiles.
Watson: ¡Sí, pero el sistema solar..!
Holmes: ¿Y qué se me da a mí el sistema solar? Dice usted que giramos en torno al sol... Que lo hiciéramos alrededor de la luna no afectaría un ápice a cuanto soy o hago.

Watson (narrador): (leyendo un artículo) "A partir de una gota de agua cabría al lógico establecer la posible existencia de un océano Atlántico o unas cataratas del Niágara, aunque ni de lo uno ni de lo otro hubiese tenido jamás la más mínima noticia. La vida toda es una gran cadena cuya naturaleza se manifiesta a la sola vista de un eslabón aislado. A semejanza de otros oficios, la Ciencia de la Deducción y el Análisis exige en su ejecutante un estudio prolongado y paciente, no habiendo vida humana tan larga que en el curso de ella quepa a nadie alcanzar la perfección máxima de que el arte deductivo es susceptible. Antes de poner sobre el tapete los aspectos morales y psicológicos de más bulto que esta materia suscita, descenderé a resolver algunos problemas elementales. Por ejemplo, cómo apenas divisada una persona cualquiera, resulta hacedero inferir su historia completa, así como su oficio o profesión. Parece un ejercicio pueril, y sin embargo afina la capacidad de observación, descubriendo los puntos más importantes y el modo como encontrarles respuesta. Las uñas de un individuo, las mangas de su chaqueta, sus botas, la rodillera de los pantalones, la callosidad de los dedos pulgar e índice, la expresión facial, los puños de su camisa, todos estos detalles, en fin, son prendas personales por donde claramente se revela la profesión del hombre observado. Que semejantes elementos, puestos en junto, no iluminen al inquisidor competente sobre el caso más difícil, resulta, sin más, inconcebible.
Watson: ¡Valiente sarta de sandeces! Jamás había leído en mi vida tanto disparate.
Holmes: ¿De qué se trata?
Watson: De ese artículo. Veo que lo ha leído, ya que está subrayado por usted. No niego habilidad al escritor. Pero me subleva lo que dice. Se trata a ojos vista de uno de esos divagadores de profesión a los que entusiasma elucubrar preciosas paradojas en la soledad de sus despachos. Pura teoría. ¡Quién lo viera encerrado en el metro, en un vagón de tercera clase, frente por frente de los pasajeros, y puesto a la tarea de ir adivinando las profesiones de cada uno! Apostaría uno a mil en contra suya.
Holmes: Perdería usted su dinero. En cuanto al artículo, es mío.

Watson: Me hace usted pensar en Edgar Allan Poe y en Dupin. Nunca me imaginé que esa clase de personas existiese sino en las novelas.
Holmes: No me cabe duda de que usted cree hacerme una lisonja comparándome a Dupin. Pero, en mi opinión, Dupin era hombre que valía muy poco. Aquel truco suyo de romper el curso de los pensamientos de sus amigos con una observación que venía como anillo al dedo, después de un cuarto de hora de silencio, resulta en verdad muy petulante y superficial. Sin duda que poseía un algo de genio analítico; pero no era, en modo alguno, un fenómeno, según parece imaginárselo Poe.
Watson: ¿Leyó usted las obras de Gaboriau? ¿Está Lecoq a la altura de la idea que usted tiene formada del detective?
Holmes: Lecoq era un chapucero indecoroso que sólo tenía una cualidad recomendable: su energía. El tal libro me ocasionó una verdadera enfermedad. Se trataba del problema de cómo identificar a un preso desconocido. Yo habría sido capaz de conseguirlo en veinticuatro horas. A Lecoq le llevó cosa de seis meses. Podría servir de texto para enseñar a los detectives qué es lo que no deben hacer.

Holmes: Afirman que el genio es la capacidad infinita de tomarse molestias. Como definición, es muy mala, pero corresponde bien al trabajo detectivesco.

Watson: ¿Pretende usted decirme que esa vieja y vacilante anciana ha sido capaz de saltar del coche en marcha sin que usted o el piloto se apercibieran de ello?
Holmes: ¡Dios confunda a la vieja! ¡Viejas nosotros, y viejas burladas! ¡Ha debido tratarse de un hombre joven y vigoroso, amén de excelente actor! Su caracterización ha sido inmejorable.

El signo de los cuatro Editar

Holmes: ¿Cuántas veces le he dicho que si eliminamos lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, tiene que ser la verdad?

Escándalo en Bohemia Editar

Watson (narrador): Para Sherlock Holmes, ella es siempre la mujer. Rara vez le oí mencionarla de otro modo. A sus ojos, ella eclipsa y domina a todo su sexo. Y no es que sintiera por Irene Adler nada parecido al amor. Todas las emociones, y en especial esa, resultaban abominables para su inteligencia fría y precisa pero admirablemente equilibrada.

La liga de los pelirrojos Editar

Holmes: (describiendo a Jabez Wilson) Aparte de los hechos evidentes de que en alguna época ha realizado trabajos manuales, que toma rapé, que es masón, que ha estado en China y que últimamente ha escrito muchísimo, soy incapaz de deducir nada más.
Watson (narrador): El señor Jabez Wilson dio un salto en su silla, manteniendo el dedo índice sobre el periódico, pero con los ojos clavados en mi compañero.
Wilson: ¡En nombre de todo lo santo! ¿Cómo sabe usted todo eso, señor Holmes? ¿Cómo ha sabido, por ejemplo, que he trabajado con las manos? Es tan cierto como el Evangelio que empecé siendo carpintero de barcos.
Holmes: Sus manos, señor mío. Su mano derecha es bastante más grande que la izquierda. Ha trabajado usted con ella y los músculos se han desarrollado más.
Wilson: Está bien, pero ¿y lo del rapé y la masonería?
Holmes: No pienso ofender su inteligencia explicándole cómo he sabido eso, especialmente teniendo en cuenta que, contraviniendo las estrictas normas de su orden, lleva usted un alfiler de corbata con un arco y un compás.
Wilson: ¡Ah, claro! Lo había olvidado. ¿Y lo de escribir?
Holmes: ¿Qué otra cosa podría significar el que el puño de su manga derecha se vea tan lustroso en una anchura de cinco pulgadas, mientras que el de la izquierda está rozado cerca del codo, por donde se apoya en la mesa?
Wilson: Bien. ¿Y lo de China?
Holmes: El pez que lleva usted tatuado justo encima de la muñeca derecha solo se ha podido hacer en China. Tengo realizado un pequeño estudio sobre los tatuajes e incluso he contribuido a la literatura sobre el tema. Ese truco de teñir las escamas con una delicada tonalidad rosa es completamente exclusivo de los chinos. Y si, además, veo una moneda china colgando de la cadena de su reloj, la cuestión resulta todavía más sencilla.
Watson (narrador): El señor Jabez Wilson se echó a reír sonoramente.
Wilson: ¡Quién lo iba a decir! Al principio me pareció que había hecho usted algo muy inteligente, pero ahora me doy cuenta de que, después de todo, no tiene ningún mérito.
Holmes: Empiezo a pensar, Watson, que cometo un error al dar explicaciones. «Omne ignotum pro magnifico» [Todo lo desconocido se piensa que es magnífico: Tácito, Agrícola, 30,3], como usted sabe, y mi pobre reputación, en lo poco que vale, se vendrá abajo si sigo siendo tan ingenuo. ¿Encuentra usted el anuncio, señor Wilson?

El carbunclo azul Editar

Holmes: Aquí tiene mi lupa. Ya conoce usted mis métodos. ¿Qué puede deducir usted referente a la personalidad del hombre que llevaba esta prenda?
Watson (narrador): Tomé el pingajo en mis manos y le di un par de vueltas de mala gana. Era un vulgar sombrero negro de copa redonda, duro y muy gastado. El forro había sido de seda roja, pero ahora estaba casi completamente descolorido. No llevaba el nombre del fabricante, pero, tal como Holmes había dicho, tenía garabateadas en un costado las iniciales «H. B.». El ala tenía presillas para sujetar una goma elástica, pero faltaba esta. Por lo demás, estaba agrietado, lleno de polvo y cubierto de manchas, aunque parecía que habían intentado disimular las partes descoloridas pintándolas con tinta.
Watson: No veo nada.
Holmes: Al contrario, Watson, lo tiene todo a la vista. Pero no es capaz de razonar a partir de lo que ve. Es usted demasiado tímido a la hora de hacer deducciones.

Holmes: Me llamo Sherlock Holmes. Mi trabajo es saber lo que la gente no sabe.

El misterio de Copper Beeches Editar

Holmes: ¡Datos, datos, datos! ¡No puedo hacer ladrillos sin arcilla!

Charles Augustus Milverton Editar

Watson (narrador): Al encender Holmes la lámpara, la luz cayó sobre una tarjeta dejada encima de la mesa. Le echó un vistazo y, soltando una exclamación de repugnancia, la tiró al suelo. Yo la recogí y leí: «Charles Augustus Mirvelton. Appledore Towers Hampstead. Agente.»
Watson: ¿Quién es? pregunté.
Holmes: El hombre más malo de Londres. ¿Dice algo al dorso de la tarjeta?
Watson (narrador): Le di la vuelta y leí: «Pasaré a verlo a las 6,30. —C. A. M».
Holmes: ¡Hum! Es casi la hora. Dígame, Watson: ¿no siente usted una especie de escalofrío o estremecimiento cuando mira las serpientes en el parque zoológico y ve esos bichos deslizantes, sinuosos, venenosos, con su mirada asesina y sus rostros malignos y achatados? A lo largo de mi carrera he tenido que vérmelas con cincuenta asesinos, pero ni el peor de todos ellos me ha inspirado la repulsión que siento por este individuo. Y sin embargo, no puedo evitar tener tratos con él... La verdad es que viene porque yo le invité.
Watson: Pero ¿quién es?
Holmes: Se lo voy a decir, Watson. Es el rey de los chantajistas. ¡Que Dios se apiade del hombre, y aún más de la mujer, cuyos secretos y reputación caigan en manos de Milverton! Con una sonrisa en los labios y un corazón de mármol, los exprimirá y seguirá exprimiendo hasta dejarlos secos.

Los tres Garrideb Editar

Watson: Era peor la herida... eran peor muchas heridas... que saber la profundidad de lealtad y amor que yacía detrás de esa fría máscara. Los ojos severos y claros se apagaron por un momento, y los firmes labios se agitaron. Por una vez alcancé a ver un gran corazón tan bien como un gran cerebro. Todos mis años de humildad pero de servicio inmediato culminó en ese momento de revelación.

Su último saludo en el escenario Editar

Holmes: Aunque le falta musicalidad, el alemán es el más expresivo de los idiomas.

Holmes: En cuanto a usted, Watson, tengo entendido que se va a reincorporar usted a su antiguo servicio, así que Londres no le vendrá muy a trasmano. Quédese conmigo aquí en la terraza, porque esta puede que sea la última conversación tranquila que tengamos en nuestras vidas.

Holmes: Va a soplar viento del Este, Watson.
Watson: A mí no me lo parece, Holmes. Hace mucho calor.
Holmes: ¡El bueno de Watson! Es usted lo único inalterable en una época en la que todo cambia. Pero, aun así, va a soplar viento del Este, un viento como nunca se ha visto soplar en Inglaterra. Será un viento frío y crudo, Watson, y puede que muchos de nosotros nos apaguemos bajo su soplo

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